#Cartelera24: Valentina o la serenidad (2023), Ángeles Cruz

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La muerte no ha sido pocas veces leitmotiv de expresiones artísticas. Menos aquella que se vale de la pérdida del padre, sean cuales fueren los motivos de esta, para suspender el tiempo para una exploración propia. Las menos de las veces la mirada sí sugiere una nueva forma, pues es casi siempre la figura de un adolescente pronto a convertirse en adulto joven o de lleno un adulto. Es así que si atravesamos el viaje del dolor y el duelo desde la mirada y percepción de una niña pequeña que no deja de imaginar nunca y de desear menos que todo se observará diferente. 

Ha sido desde Franz Kafka hasta Karl Ove Knausgard pasando por Paul Auster y Margo Glantz en la literatura en el espectro de la visión madura; en el cine, dirigido desde esa mirada que apenas está creciendo y madurando, repleta de algo de desconocimiento y duda, con Lila Avilés y su Tótem, el Verano 1993 de Carla Simón, y, más recientemente, Valentina o la serenidad (2023) de la cineasta y activista Ángeles Cruz (Heróica Ciudad de Tlaxiaco, 1955) que se intenta explorar, más allá de la evidente figura del dolor, las formas en que este se desenvuelve, inexorablemente, movido por el contexto propio en que sucede la tragedia.

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En una comunidad de Villa Guadalupe Victoria, Oaxaca, bajo la mirada tierna y sin horizontes de Ángeles Cruz, seguimos el rumbo de Valentina, Vale, una niña de nueve años que se entera, sin premura de la anunciante, que su padre ha sufrido un accidente en el río. Su respuesta ante la noticia es el silencio sepulcral y una reacción de su cuerpo cediendo ante el miedo. En sus andanzas, ahora trastocadas por ese sentimiento cruel de la ausencia, comparte, junto a Pedrito, su amigo, su fascinación por esos pedazos de tela que hacen de capa de superhéroe, sus tiempos libres, las clases en la escuela y algunos secretos que sólo una amistad así podrían permitirse.

Póster oficial.

Entre todo ello, sin más nada que el camino a la esperanza, a la serenidad, no sin antes atravesar por esos caminos y lugares a los que nos lleva el dolor que trae consigo la pérdida, que Vale se dirige, sin saberlo, a ese punto de inflexión luego de la muerte de su padre.

Atravesando rituales propios de la comunidad donde se desarrolla la historia, desde limpias y ofrendas hasta un enternecedor momento de purificación dentro de un sauna junto a su madre, donde un abrazo parece ser suficiente para sostenerse frente a la tristeza del mundo por venir, es que Valentina se construye su propia realidad alrededor de la ausencia de su padre. Más aún cuando la idea de la muerte se materializa en palabras de su madre, quien había evitado a toda costa dejar caer la verdad áspera ante su hija menor, quien hasta entonces había echado mano de su imaginación y lo antes creado por su padre a través de sus historias para comunicarse con él, ponerse incluso en riesgo por el deseo insaciable del retorno de su papá.

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Pienso, finalmente, dentro de todo este entramado de emociones a veces inclasificables, en un libro titulado Los rojos camaradas de la autora mexicana Ana Romero, otrora figura estelar de la literatura mexicana infantil y juvenil. Ahí, todos lloran la muerte del abuelo Tomatías, viejo lobo de mar que enseñó a Lobo y su hermana pequeña a buscar los rastros de los que se van, para no olvidarlos, para hallarlos en los más pequeños detalles. Todos, entonces, lamentan a profundidad la pérdida. Lobo y su hermana lo hacen también, pero su abuelo los preparó antes, les dio las herramientas, si es que pueden ser llamadas así, para prepararse ante la muerte. Ahí es la muerte del abuelo; en la cinta de Ángeles Cruz, es el padre. 

En ambas, sin embargo, una serie de rituales, de momentos únicos, incomparables. Todo se puede poner en entredicho: no hay nada escrito en la muerte, puede nada ser lo que parece, pero siempre es un alivio hallar consuelo o entendimiento en lo que pudiera parecer ajeno. Aunque nada está escrito, aunque nada puede en realidad prepararnos para ver morir a alguien o para no extrañarlo, lo cierto es que la colectividad ayuda a paliar el sentimiento hondo de soledad a que nos ata que el fallecimiento de alguien a quien amamos. Como dice la también activista Ángeles Cruz: todo parte del lugar donde uno se desenvuelve. incluso la muerte y el camino que emprendemos para tratar de entenderle.

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