Tila y el pueblo no bueno

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Lo de Tila es de escalofríos: familias que emigran en largas filas y dejan sus casas para salvar la vida y librar el reclutamiento forzoso, niños que huyen de la violencia y no quieren dejar atrás a sus mascotas, coches quemados, disparos. Todo es confuso, pero la explicación que circula por las redes, claramente apegada a los hechos, es que a los vecinos les cayó encima el crimen organizado, ese que tiene a un buen pedazo de Chiapas con ciudades en las que no puedes poner pie, como San Cristóbal, y sujetos con el R-15 en las manos, a plena luz del día, tranquilazos.

La versión de nuestro Presidente, sin embargo, es otra. Según dijo en La Mañanera, se trata de problemas entre vecinos del mismo pueblo. El México profundo en todo su esplendor, para que nos entendamos.

Sin ironías: lo que dice el Presidente no es inverosímil. Sabemos que el morenismo tiende a quitarle importancia a la realidad cada vez más extendida y espantosa del crimen organizado, por aquello de que los abrazos nomás no funcionan, pero lo cierto es que las diferencias vecinales, en este país, se resuelven desde siempre a machete o a pólvora, y el Presidente lo sabe. Claro, hay un problema.

El problema es que esa evidencia, la del pueblo gatillo-fácil, choca de frente con una –perdonarán la palabra insufrible– “narrativa” oficial, que es la del “pueblo bueno”, esa entidad colectiva tan de los populismos, que está dotada de una profunda bondad natural pero, también, una bondad como de niño, una bondad candorosa que necesita de la guía de un líder providencial.

Bien: el pueblo no es bueno, o no siempre. Lo vemos todas las semanas en los conflictos por la tierra resueltos de la misma manera, a sangre y fuego, en cualquier lugar del país; en los linchamientos que tan bien documenta Pablo Majluf en su último libro; en el huachicoleo tumultuario, con los alegres vecinos chingándose la gasolina en cubetas o bidones incluso a riesgo de su vida; en las niñas vendidas como “esposas”, y por supuesto en los robos multitudinarios a los tráileres que se voltean en las carreteras, a veces con el chofer atrapado en la cabina sin que nadie le eche un lazo, no sea que te quedes sin una caja de caguamas o cuatro pollos congelados.

Ahora bien: el pueblo a lo mejor no es bueno, pero probablemente sí es sabio o, al menos, pragmático. Sabe que puede machacar a tiros a sus vecinos porque no va a haber una sola consecuencia. O, para el caso, que puede engrosar las filas de las mafias, en Tila y en donde sea.

 

      @juliopatan09

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